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Historia del Castillo Palacio de los Duques de Alburquerque |
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| Estilo arquitectónico |
| El triple recinto murado de Cuéllar |
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Las murallas de la Ciudadela |
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Las murallas de la Ciudad |
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La contramuralla |
Historia
Declarado monumento histórico-artístico de carácter nacional es, sin lugar a dudas, el mayor de entre los de la Villa de Cuéllar .
Poco sabemos de su primitiva estructura que debió surgir a la par que los muros de la ciudadela que aparecen como base de las fachadas del sur y del oeste pudiendo ser que la puerta mudéjar sobre la que edificaron después los Duques de Alburquerque fuera una de las puertas de la Villa, dada su disposición y semejanza con la puerta y arco de San Basilio. No obstante, la labor de esgrafiado segoviano que aún se conserva en la fachada sur, nos da una fecha de adaptación de los antiguos muros de la Villa como castillo que se puede cifrar entre los siglos XIII y XIV.
En el siglo XV, la fortaleza perteneció a Don Álvaro de Luna que fue Señor de Cuéllar entre los años 1433 y 1439, y sus armas aparecen en la clave de la segunda estancia de la Torre del Homenaje así como Apicadas en la ventana gótica de la misma estancia que se abre sobre la liza entre la barbacana y el almenado de la fachada este. Así pues, parece que fue Don Álvaro de Luna quien inició las obras de la nueva fortaleza que rematarían los Cueva, Duques de Alburquerque.
Como decíamos más arriba, la puerta mudéjar de la fachada sur fue utilizada como base para una potente torre cuadrangular, de sillares, que se iba a unir por medio de un almenado con la Torre del Homenaje que mandara construir Don Álvaro de Luna; en este caso, la obra ya fue del primer Duque de Alburquerque como lo denota un curioso escudo, en una esquina de esta torre, con las armas de los Cueva. También el primer Duque parece que mando construir el lienzo (donde se abre la puerta hacia el patio de armas) almenado desde la Torre del Homenaje al garitón que le cierra sobre los antiguos muros del camino de las Lomas. Desde este garitón, en su día almenado como lo demuestran los matacanes que sostenían las almenas, sigue el lienzo de la antigua muralla hasta el gran torreón que cierra los muros de la fachada sur y oeste. Por cima de este gran torreón se levanta un garitón de época anterior pero que está amatacanado y almenado como los otros del siglo XV, garitón que perdió esbeltez al construirse el piso alto del gran torreón en la posguerra .
Parece, pues, que los Duques I y II cerraron el recinto con las fortificaciones aludidas de torreón cuadrangular, gran torreón y dos garitones, que unidos a la Torre del Homenaje constituían una defensa de gran envergadura para un espacio que habría de ser convertido en palacio.
El tercer Duque, llamado Beltrán como su abuelo el primero, desde el 1526 que entró en posesión del Ducado, hasta 1560 en que murió, abordó la ingente obra de las galerías del patio de armas y de la galería abalconada de la fachada sur. Con estas obras se completó el complejo palaciego que disponía así de una parte noble (habitaciones, salón de recepción, gran comedor y otras estancias) adosados a la parte interna de la fachada sur, para lo que tuvo que adaptar el viejo muro de cal y canto de la antigua cerca horadándole con enormes ventanales y balcones, y por otra parte la zona destinada a la servidumbre, sobre las cocinas, y estas a su vez, sobre los bodegones bajo el patio de armas y a su nivel (lagares, matadero, leñera, guardarnés, caballerizas, graneros, talleres de oficios, etc.). Puede que el conjunto fuera rematado por el cuarto duque al terminar la escalera principal donde mandó poner sus armas en sendos escudos acompañadas de las de sus dos esposas.
Da la impresión de que las arcadas iban a continuar sobre esta zona lo que denotan parte de las dovelas de los futuros arcos que nunca se construyeron, arranques que también se pronuncian en el ala frontera ante la fachada este.
El edificio que se levantó en último lugar en el patio de armas es el de la izquierda, ya del siglo XVII, en cuya planta baja albergó la famosa armería de los Duques. En la planta superior se situaron salones desde los que se abrían balcones al patio de armas y tres hermosos balcones hacia el Aferial, balcones que desaparecieron en los años setenta al efectuarse obras de restauración. Estos salones, llamados genéricamente de las Moras ocuparon el almenado medieval, sobre el que basaron sus tejados; al efectuar las citadas obras de restauración, los técnicos creyeron oportuno liberar la antigua ronda y retranquearon el edificio hasta el punto donde hoy lo vemos.
En el siglo XVII también se realizó el gran arco de ladrillo de la puerta sur, sobre el que se cimentaron unas dependencias para habitaciones llamadas de las Duquesas, y delante de esta puerta se levantó una capilla de la que sólo conocemos algunos restos en documentos gráficos.
Entrado ya el siglo XIX, durante la guerra de la Independencia el castillo fue utilizado como cuartel de las tropas francesas y sobre todo de las anglo-españolas del General Welington, quien hizo algunas adaptaciones sobre todo en los sótanos de la fachada sur.
Aunque los Duques siempre se preocuparon, por medio de sus administradores en Cuéllar, de mantener el edificio, llegó muy deteriorado a principios de este siglo y languideció hasta que la Guerra Civil le deparó un triste destino: cuartel de las tropas italianas, prisión para soldados de guerra, cárcel de presos políticos, de presos comunes y sanatorio antituberculoso de presos y guardianes; las obras que se abordaron para preparar el noble edificio como prisión fueron de gran envergadura, y aunque exteriormente las modificaciones se sujetaron a una pretendida estética, en el interior las transformaciones fueron más drásticas y desafortunadas.
Terminado este triste destino a mediados de los años sesenta, el edificio ha ido recuperando su fisonomía en sucesivas intervenciones que aún no han terminado, pues, ya recuperados algunos bodegones y la Torre del Homenaje con las últimas obras, aún suponen un desafío para las distintas Instituciones, la reposición de las almenas de la fachada oeste y la reparación de sus muros junto con los del gran torreón del punto suroeste del edificio.
La gran aventura histórica de este monumento mayor de Cuéllar ha hecho de él uno de los alcázares más bellos de España: desafiante y hogareño, son sus piedras un rico archivo de la historia de la Villa cuellarana. |
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ESTILO ARQUITECTÓNICO:
Si el aspecto arquitectónico de este monumento mayor de Cuéllar nos sorprende por sus variados estilos artísticos, no tendríamos una visión completa del mismo sino nos detuviéramos a contemplar imaginativamente y de manos de la Historia todo su contenido humano, el espíritu que hombre a hombre y día a día le hizo recipiente de vidas. Esta es la otra historia del Castillo de Cuéllar, del Palacio de los Duques de Alburquerque.
Poco sabemos de la primitiva configuración del castillo; sí sabemos de la presencia en él de reyes y magnates hasta que el primer Duque de Alburquerque prosiguiera las obras iniciadas por Don Fadrique, Conde de Luna, o por el propio Don Álvaro de Luna cuando fueron señores de Cuéllar.
Cómo no citar la presencia de los Reyes Sancho III y Alfonso VIII en el siglo XII; Enrique I, Alfonso X, Sancho IV el Bravo y su esposa Doña María de Molina, Fernando IV, Alfonso XI, Don Pedro I (el de las bodas en la Villa), Juan I y la Reina Doña Leonor (que murió en el Castillo) y un largo etcétera de monarcas y destacados magnates hasta llegar, como decíamos al principio, a la posesión del Señorío por los Duques de Alburquerque en el Siglo XV. El primer y segundo Duques fueron preparando la gran Casa que adquiere todo su esplendor con el tercer Duque, también llamado Beltrán, como su abuelo. Estaba ya mediado el siglo XVI cuando en plena opulencia de la Casa Ducal se hacen descripciones del mobiliario, ornamentación y toda clase enseres que tenía el Palacio; citemos sólo algunos de ellos: en la escalera principal diez paños de tapicería rica, de la Historia de Abrahán, que se compraron en F landes en 1.544; treinta pinturas en lienzo de los de Flandes. En las cocinas: Botijos de vidrio de Venecia, jarras de Barcelona, medidas de vidrio de Alemania, cántaros de Talavera, una copa de madera de Indias, calderos, cazos, sartenes, moldes con las armas del Emperador y de los Cueva, etc.; en el comedor de los Duques: una vajilla de oro y plata compuesta por mil cuatrocientas docenas de platos, fuentes y bandejas; una copa de oro (regalo del rey de Inglaterra al tercer Duque) etc.; en las habitaciones de los Duques: una cama grande de terciopelo carmesí, varias camas más, doseles, sitiales, reposteros, etc.; en la capilla: un crucifijo de oro puesto en una cruz de piedra verde; en la cámara de las Duquesas Aun collar de oro, un estuche de oro, un joyel con tres perlas gruesas y un diamante de punta y un rubí y dos corales grandes y otra medalla de oro, etc.
Pero todo pasa y de aquellos nobles lujos nada guarda la gran Casa cuellarana de estos señores: la lejanía de los cargos con los que distinguieron a los Duques Carlos I, Felipe II, y el resto de los Áustrias y de los Borbones, hicieron alejarse cada vez más a la pequeña corte ducal que ahora estaba en Cataluña, ahora en México o en Flandes, ahora en Nápoles...; si acaso estaban cerca de la Casa, las Duquesas venían a traer al mundo su prole a la mansión ducal: Pero ya eran más los familiares que venían a Cuéllar, una vez fenecidos, a dejar reposar sus cuerpos en la Capilla mayor de San Francisco. Poco a poco fueron alejándose de Cuéllar y residiendo cada vez más en Madrid. Es el momento de volver a Cuéllar en ocasiones señaladas: algún bautizo, algún cumpleaños, algún sepelio, algunas temporadas del año... .
Los pleitos por la sucesión del Ducado provocaron situaciones como la de que vivieran en el castillo varias de las familias litigantes, o hicieron que alguna de ellas levantara casa en la Villa en espera de las sentencias como sucedió con los descendientes de Doña Rosaleda de la Cueva y Diez de Aux de Arméndariz, hija del VIII Duque, que por ser mujer no heredó el Ducado, pero sí el Marquesado de Cadreita, quienes levantaron el Palacio llamado de Santa Cruz, pues los descendientes fueron después Marqueses de Santa Cruz.
El viejo caserón pasó así una lánguida existencia que en otra ocasión dejó paso a otra construcción Ducal dentro de la Villa, la casa de las paneras del Duque, mandada construir por Don José María de la Cueva Velasco y Guzmán, descendiente de los Condes de Siruela, segunda Casa en la sucesión del Ducado, tras la primera directa del don Beltrán de la Cueva.
En la Guerra de la Independencia el Castillo fue cuartel reiteradamente de las tropas francesas y anglo-españolas, y vuelto a la abulia y dejadez de los Duques, ahora de otra rama, la de los Osorio, marqueses de Alcañices y de los Balbases, Duques de Sexto, el viejo edificio, perdido su interés para los propietarios, se mantuvo a duras penas, con continuos arreglos de tejados viéndose así ajado su antiguo esplendor, aunque no su estampa recia y noble. La Guerra Civil le propició el triste destino que la propia España estaba viviendo: prisión de presos de guerra, después políticos, después comunes; sanatorio antituberculoso para presos y guardianes, y tras otro abandono y ya medio arruinado, el difunto XVIII Duque, Don Beltrán Osorio y Díez de Rivera lo cedió al Ministerio de Educación que con gran esfuerzo lo ha ido adaptando para Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Centro de Profesores y Recursos, y son ahora unos cientos de jóvenes cuellaranos quienes ocupan aquel lugar en que tantas vidas jugaron a ser Nobles Señores con sus pendencias y amoríos, ocupando aquellos salones antaño solaz de los grandes, hogar humilde de sirvientes, signo del señorío y del poder, palacio floreciente del Renacimiento, gran casa solariega.
Pasados los tristes destinos penales que le fueron asignados, son ahora ellos, con sus risueños esbozos adolescentes, sus correrías, sus primeras emociones de incipientes amores, su formación en el día a día, quienes asoman, llenos de esperanza por su futuro, a los viejos balcones y almenados, a las amplias galerías, a las áulas ...
El viejo castillo luce rejuvenecido con la savia nueva de la Villa uniéndose a su destino que no quiere sucumbir, a pesar de su vejez cientoañera, para lucir señero de Cuéllar sobre la Historia pasada y el presente, y seguir siendo testigo, de todo lo que ha vivido, para las futuras centurias. |
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EL TRIPLE RECINTO MURADO DE CUÉLLAR:
Las murallas de Cuéllar son parte esencial del Conjunto histórico-artístico de la Villa. Declaradas monumento nacional el tres de Junio de 1931, fueron en su tiempo un baluarte casi inexpugnable.
Tres fueron las defensas muradas de las que aún hoy quedan restos.
La primera, por comenzar desde la cima de la colina donde se asienta la Villa, es la que comúnmente se llama la Ciudadela, cuyo recorrido enmarca la parte superior de la colina; la segunda se extiende desde la anterior abrazando la parte baja de la colina: son las murallas de la Ciudad; la tercera se puede considerar como una barbacana o defensa exterior principalmente de la ciudad, quedando prácticamente exenta de la misma la parte de la Ciudadela interior a la Ciudad.
LAS MURALLAS DE LA CIUDADELA:
Por partir de un punto de referencia, digamos que arrancan del Castillo, no sin antes asegurar que el propio castillo (al menos desde el siglo XV) está levantado sobre parte de las mismas, siendo la puerta mudéjar del castillo, una antigua puerta de las murallas, de gran semejanza con la puerta de San Basilio, aunque de mayor envergadura. El propio castillo no permite adivinar la trayectoria de la muralla allá donde se levantó el gran cubo del suroeste, siendo el resto de fácil percepción desde la explanada del Ferial.
Sigamos la trayectoria del Sur:
Desde la Huerta del Duque se observa un espléndido paño al que sólo le falta el almenado que aún se conservaba a mediados del siglo pasado. Prácticamente en su mitad, se abre un portillo mudéjar, hoy cegado en su parte interna del Ferial. Hacia la derecha este gran paño remata en un torreón de decoración mudéjar que era defensa del arco interior de las Cuevas. Seguramente aquí se abría otro portillo para dar entrada a la ciudad justo delante del desaparecido arco de las Cuevas; desde este lugar hacia el sur se inician las murallas de la Ciudad; pero sigamos recorriendo las de la Ciudadela.
Desde la calle de las Cuevas podemos seguir su recorrido hasta el arco de Santiago; era un paño de muralla formidable y hoy en un estado precario de conservación. El arco de Santiago era, digámoslo así, peatonal, impidiendo así el paso a la posible caballería enemiga, si hubiera logrado atravesar las murallas de la Ciudad. Su torreón de defensa fue utilizado como campanario de la Iglesia adyacente, así como el ábside de la misma como bastión adelantado de la muralla.
Siguiendo nuestros pasos hacia la derecha podremos seguir el recorrido de la muralla hasta el arco de San Martín, no sin antes mencionar que desapareció una parte del paño desde el torreón de Santiago hasta un torreón intermedio que aún se conserva en buen estado. Desde este torreón hasta el fortísimo arco de San Martín se reconstruyó hace dos décadas el muro al que sólo le falta el almenado.
En la puerta de San Martín el muro hace un quiebro dirigiéndose hacia la parte trasera de la Iglesia de San Esteban, cuyo ábside, como el de Santiago sirve de adelantado bastión de la muralla. Aquí se cierne una incógnita sobre el modo como se cerraba el muro, si detrás de la Iglesia o si ésta quedaba exenta y el muro entroncaba detrás del Estudio de Gramática camino del Castillo.
Se conserva muy bien el paño que va desde el Estudio de Gramática hasta el arco de la Judería, también peatonal como el de Santiago. Justo aquí, como sucedía en el Arco de las Cuevas, rompe el muro de la Ciudad camino del Arco de San Andrés. Aún se perfilan restos de los muros, una vez pasada la puerta de la Judería, hacia el castillo, no todos con igual fortuna, pero entre los que destaca un torreón, hoy día desmochado, que fue incorporado a la Casa de los Daza en la Plaza de San Gil. Su forma y estilo es muy parecida a la del torreón del Arco de las Cuevas en la Huerta del Duque. Al final y hacia el Arco de San Basilio, ha desaparecido el muro que apenas se atisba en los cimientos de las casas. Del arco de San Basilio hasta el Castillo (salvo la parte derribada para hacer calle) se conserva el muro en perfecto estado.
LAS MURALLAS DE LA CIUDAD:
Volvamos a la Huerta del Duque, allá donde por un portillo habíamos pasado a la calle del desaparecido arco de las Cuevas. Allí aún se ve el muro de arranque, aunque muy rebajado, de las murallas de la ciudad; siguiendo su trayectoria, sobre el Convento de la Trinidad, aún permanece en pie la base de un fuerte torreón, y a continuación, a los pocos metros, la muralla hace un quiebro hacia el sur camino del desaparecido Arco de la Trinidad, frente al actual Cine Ideal. Antes, un portillo mudéjar, comunicaba el paraje del Dexángel con las huertas aledañas al Convento citado. Este portillo pudiera deberse a la vigilancia sobre los desagües de las antiguas carnicerías y otras aguas sucias que pasaban bajo el muro camino de la Huerta Herrera.
A partir del desaparecido arco de la Trinidad, la muralla aparece y desaparece a intervalos, siguiendo la línea norte de la actual Plaza de la Huerta Herrera, tras construcciones modernas que impiden su visión, hasta que reaparece cerca de la Iglesia de San Pedro, con la que entronca en su parte trasera, para convertirse la propia Iglesia en un fortín defensa de la desaparecida puerta de San Pedro, que se sitúa en la parte más vulnerable de la Villa, cuyo ábside nos da idea del conjunto fortificado que suponían iglesia y arco.
Sigue la línea de la muralla precisamente por la calle de su nombre hasta la desaparecida puerta o Arco de Carchena, que también estaba muy bien fortificada.
El muro pasa bajo los salones del actual Casino de Cuéllar, antiguo Palacio de Santa Cruz, muro que reaparece de forma singular y bella en la trasera del propio palacio, ya en la Calle Nueva, frente al colegio Primo de Rivera, para continuar hacia el norte en paños de mejor y peor conservación hasta los muros del Hospital de la Magdalena siguiendo hasta el Arco de San Andrés, en el que se entrevén restos de vetustas fortificaciones; pasado el arco, el potente muro va a entroncar con la muralla de la ciudadela junto al Arco de la Judería.
LA CONTRAMURALLA:
Baluarte de menores estructuras pero de gran importancia, se presenta a modo de barbacana ante los muros de parte de las murallas de la ciudadela y de todas las murallas de la ciudad.
Restos de la misma se entrevén en la Huerta del Duque delante de las murallas de la Ciudadela, para aparecer de forma clara ya delante de las murallas de la Ciudad junto al convento de la Trinidad, en cuyas cercanías aún hay restos de esta Contramuralla muy bien almenados. Continuaba la misma hasta el arco de la Trinidad, desdoblándose en algunos tramos. Reaparece perfectamente visible en las cercanías de la iglesia de San Pedro, tras los modernos bloques de la Huerta Herrera, con algunos tramos almenados. Pasado el Arco de San Pedro, la Contramuralla sigue paralela a la calle de las Parras, cuyas casas están apoyadas en la misma, salvo las últimas que doblan a la calle de Carchena, con cuya moderna construcción desapareció hace pocos años.
Sus restos vuelven a reaparecer en la Calle Nueva enfrente a los Talleres de Lorenzo Poza y hasta el propio Arco de San Andrés. A partir de este, continuaba por la calle de la Barrera (la calle toma el nombre de la Contramuralla), siguiendo su línea sinuosa, a veces perdida, hasta el arco de San Basilio. Al otro lado del arco y hacia el Castillo, la contramuralla aparece hasta el gran cubo del suroeste del mismo.
Puede que hubiera también contramuralla en algunos tramos de la Ciudadela desde el Arco de las Cuevas hasta el de la Judería, pero es algo que en estos momentos no podemos confirmar.
Tres recintos pues en un perímetro de algo más de dos kilómetros, englobando en su interior unas catorce Hectáreas, que hacía de Cuéllar, como decíamos al principio, un núcleo prácticamente inexpugnable.
Los materiales empleados son fundamentalmente de labores de cal y canto, con algunos retoques de mudejarismo ( torreón de las Cuevas, Arco de San Andrés, Torreón de los Daza, Arco de San Basilio y la puerta sur del Castillo). No tenemos conocimiento de cómo eran los Arcos de las Cuevas, de la Trinidad y de Carchena.
Aparecen documentadas desde el siglo XIII, pero el inicio de su construcción tiene que ser anterior; la Ciudadela parece seguir las antiguas fortificaciones del castro celtíbero destruido por los romanos; por otra parte semeja las construcciones de las alcazabas musulmanas; en el Siglo XV los Duques de Albuquerque intervinieron en las tres cercas mejorándolas y colocando sus escudos sobre las mismas; su decadencia fue vertiginosa desde mediados del siglo pasado.
Se han restaurado y mejorado mucho desde los últimos veinte años, aunque la labor que aún reclaman para su conservación y mejora es ingente.
JUAN CARLOS LLORENTE MÍNGUEZ
Profesor de Gª. e Hª. del IES "Duque de Alburquerque" |
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